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Mi demolición en Toluca

En mi tierra dicen que a los perros flacos se les pegan las pulgas… sí es cierto. Por mi tío Fernández de Lizardi creo que yo soy un perro sarniento porque todos los males me caen redonditos. Por ejemplo, sí me falla la oreja porque en mi casa se oye un motor como loco sin saber de dónde viene, pero cae exactamente cuando empiezo a escribir o a leer a Manuel Echeverría, con un trabajo enorme, porque para ya me cayó la ceguera de la uveítis o a saber y veo con dificultad mientras me desplazo entre oraciones porque arrastro la pata como Chencha, diría la ínclita María Félix.

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Y allá afuera, en la guerra, está el bochinche por la muerte de Juan Gabriel (en mis municipios a los Gabriel les dicen Grabieles sólo por eso) y los japoneses que matan con gran alegría a las ballenas divinas de Dios nuestro señor, y aquí en la ciudad veo declarar con enjundia a María Elena Hoyo, eterna defensora de los animales, para los oídos sordos de las autoridades, y en el ínterin de todo esto, mis tapones de sololoi, dizque contra el mal oído, se descuacharrangan sin decir agua va, y el payaso taranto y atrevido (que camina como mis burros jalados por mecates y con la cabeza humillada, aunque en su caso sea un multimillonario recontraplusnaco) me refiero al Trump de los discursos peripatéticos, y cuando todo esto ocurre y yo agonizo en una cama vacía con dos perros hechos bolita acompañándome amorosos en la agonía, medito sobre lo absurdo que es levantarse con un esfuerzo mayor en un domingo para minusválidos, a fuer de ir a votar a la convocatoria del Instituto Electoral del Distrito Federal por los consejos de los pueblos y los comités vecinales.

Como yo soy maniática de tener gobernantes que guíen a los ciudadanos, me entusiasmaron las elecciones vecinales, sobre todo porque conozco hondamente a Leticia Trelles y a Lourdes Castelán, integrantes, en este caso, de la Planilla 3 de la delegación Miguel Hidalgo, en San Miguel Chapultepec, en donde tiene usted su pobre casa, la mía de la que estoy tan orgullosa y por la cual he luchado por su conservación desde que la habito en esta especie de felicidad de mis últimos años.  Mi casa de usted tiene luz, tenía silencio, aire, paz y sobre todo, en la parte de atrás, una  jacaranda que florece en abril y es mi dicha sin igual (coqueto árbol con brazo mayor que se inclinó al crecer hacia el jardín de al lado, que su antigua dueña regaló a alguien sinvergüenza, de un  mayor intento por construir en el terreno un edificio de unos nueve pisos y qué exigirían un agujero de tantos metros para los autos hundidores de mi casa construida en los principios del siglo pasado…).

Pues bien, fui a votar arrastrándome, después de cumplir con mi deber de trasladarme a Toluca de mis amores con René Avilés Fabila y su Rosario extraordinaria, para oírle una conferencia fantástica y luego ser entrevistada por él… todo esto en la Feria del Libro del Estado de México, verdaderamente asombrosa y a la cual hay que asistir cada año porque no tiene igual (aunque el ruidajal de los micrófonos de las editoriales es intolerablemente alto y enloquecedor).

Allí estaba Dionicio Morales, el gran poeta tabasqueño, y Lilia Aragón, guapa como ella sola, tanto como inteligente, y por supuesto mi amada muy bien amiga Laura Pavón Jaramillo, compañera mía en la LIII Legislatura al Congreso de la Unión, pulcra y generosa invariable… Ir a Toluca, el reino de los vitrales, los quesos y los chorizos es siempre enaltecedor, sobre todo al lado de Avilés y de la bella gente mexiquense, siempre lista para ayudar al necesitado. Nos aplaudieron a rabiar y es que francamente somos muy buenos.

Él me ha dado lecciones invariables de literatura, es mi más aplicado hacedor de la misma, debido sin duda por su disciplina… Un día sin escribir es una falta de honorabilidad consigo mismo. Allí está su obra y sus conferencias, y para mí su bondad del corazón, su afecto sin titubeos. Yo lo quiero, a él y a su casa (y a su compañera), lo único faltante siempre en su estudio prodigioso y en el jardín de selva y comidita de vez en vez es un perro. Pero Dios no endereza jorobados, lo único faltándome porque de lo demás me sobra, estoy, como diría el arquitecto Manuel Parra: en plena demolición.

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